miércoles, 10 de junio de 2009

Carta de un jefe salvaje a un presidente civilizado

Una interesante y recomendable lectura para refleccionar.

Heduardo opina: Presentado en forma de carta, este texto anónimo (que según he leido por ahí circula desde 1900) pretende recoger el espíritu de lo que un Jefe indio le dijo a un Presidente norteamericano. No sé si es buena o mala literatura, pero me parece que puede servir para acercarnos un poco a otras formas de ver la vida.

El gran jefe de Washington nos comunica su deseo de adquirir nuestras tierras. Pero ¿cómo es posible comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? No podemos imaginarlo. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán comprarlas? Cada trozo de estas tierras es sagrado para mi pueblo, cada brillante aguja de pino, cada ribera arenosa, cada niebla en lo oscuro del bosque y hasta el zumbar de cada insecto son sagrados para la memoria y el sentimiento de mi pueblo. La savia que circula por los árboles lleva el recuerdo de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra natal cuando parten rumbo a las estrellas. En cambio, nuestros muertos nunca podrían olvidar esta generosa tierra, que es la madre de todos los pieles rojas. Somos parte de ella y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son hermanas nuestras; el venado, el caballo, el águila son hermanos nuestros. Los cerros escarpados, las praderas humedecidas por el roció, el calor del cuerpo del caballo y del hombre, todos somos una misma familia.

El Gran Jefe nos dice que a cambio de las tierras que le vendamos nos reserva otras donde podremos vivir en paz; él sería nuestro padre y nosotros sus hijos. Pero el deseo de comprar nuestras tierras se nos hace difícil de entender: estas tierras son sagradas para nosotros. Las cristalinas agua de ríos y arroyos no son solo agua son también la sangre de nuestros antepasados.

Si les vendemos nuestras tierras, tendrán que recordar que son sagradas y enseñar a sus hijos que lo son, que lo que se reflejen en sus aguas son los hechos y recuerdos de mi gente. Porque lo que murmura el agua son las palabras de mi padres. Porque los ríos , nuestros hermanos, sacian nuestra sed, llevan nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras tendrán que recordar que los ríos son hermanos nuestros (y de ustedes) y enseñar a sus hijos que lo son, y que hay que tratarlos como a hermanos.

Sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de pensar. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar y vender. Como si fueran objetos o cuentas de colores. Su voracidad destruirá a la tierra, dejando a sus espaldas el desierto.

No sé, pero nuestra manera de ser y de vivir es distinta a la de ustedes. Hasta la vista de sus ciudades es desagradable a los ojos del piel roja. Tal vez porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No hay un lugar apacible en la ciudad de los blancos, un sitio donde percibir el crecimiento de las hojas o escuchar el zumbido de los insectos. ¿Para qué sirve la vida si no podemos escuchar el canto de los pájaros ni el croar de las ranas? Nada es tan apreciado por el piel roja como el aire, ya que todos respiramos el mismo aire, compartimos el mismo aliento. El hombre blanco parece no entender eso.

Otra condición tendrá que aceptar el hombre blanco si decidimos venderle nuestras tierras: deberá tratar a los animales como hermanos. Yo, un salvaje, no comprendo la vida de otra manera. He visto miles de bisontes muertos a tiros por los blancos desde un tren en marcha y abandonados, estaban pudriéndose en las praderas. Como soy un salvaje, no alcanzo a comprender por que un humeante caballo de hierro puede ser mas importante que el bisonte, al que nosotros matamos solo para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos desaparecen también desaparecen los hombres.

Si les vendemos nuestras tierras, tendrán que enseñar a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros antepasados. Que la tierra ha sido regada con la sangre de sus semejantes. Que la tierra es nuestra madre. Que todo cuanto le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Que cuando los hombres escupen a la tierra se escupen a si mismos.

La tierra no pertenece al hombre sino el hombre a la tierra. Todo esta unido como una familia por la sangre. El hombre no tejió la tela de la vida, él es sólo un hilo. Sigan contaminando su lecho y una noche se asfixiaran en su propio desierto. Cuando los bisontes sean exterminados, los caballos salvajes domesticados, el follaje y la maleza habrán desaparecido, el águila se habrá ido. La vida dejara su lugar a la supervivencia.

Estas cosas escapan a nuestro entendimiento. Quizás podríamos comprenderlo si supiéramos cuales son los anhelos del hombre blanco, qué esperanzas trasmite a sus hijos en las largas noches de invierno, qué porvenir bulle en sus pensamientos. Pero somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos están vedados y no nos queda sino seguir nuestro propio camino.

Si llegamos a un acuerdo será para asegurar nuestra conservación; tal vez en la reserva que nos ha prometido podamos pasar el poco tiempo que nos queda. Cuando el piel roja desaparezca de estos lares y su recuerdo sólo sea la sombra de una nube sobre la pradera, el espíritu de mi gente seguirá impregnando esta tierra, a la que aman como ama el recién nacido los latidos del corazón de su madre. Si les vendemos estas tierras, ámenla como nosotros, desvélense por ellas como nosotros, manténganlas tal como se las entreguemos.

1 comentario:

Marylita Poma Pacheco dijo...

Más parece escrito por un indígena peruano que un norteamericano. En todo el mundo hay este tipo de violencia contra quienes, al fin y al cabo, son los únicos que protegen nuestro paneta y en ellos se guarda parte de nuestra historia.